El hombre es por naturaleza un animal social y un ser político, que vive en las polis. El ser humano necesita de lo social para satisfacer sus necesidades y para realizar sus funciones propias: las racionales. Tiene una tendencia innata a lograr su perfección, a alcanzar su bien y su felicidad, y esto sólo lo puede hacer en la sociedad. Necesita de los otros de su especie para sobrevivir; no es posible pensar que el individuo sea anterior a la sociedad, que la sociedad sea el resultado de una convención establecida entre individuos que vivían independientemente unos de otros en estado natural. El ser de la comunidad política es natural, pertenece a la naturaleza misma del hombre, a esa inclinación natural que tiene el hombre a asociarse, a integrarse en una polis. Ser individuo es lo mismo que ser ciudadano. Una manifestación de ese hombre social es la palabra. Aristóteles utiliza también el argumento del lenguaje para reforzar su interpretación de la sociabilidad natural del hombre: a diferencia de otros animales el hombre dispone del lenguaje, un instrumento de comunicación, por ejemplo, que requiere necesariamente del otro para poder ejercitarse; sería absurdo que la naturaleza nos hubiera dotado de algo superfluo; y sería difícilmente explicable el fenómeno lingüístico si partiéramos de la concepción de la anterioridad del individuo respecto a la sociedad. La naturaleza ha hecho que el hombre tenga el don de la palabra, los animales en cambio sólo emiten sonidos. El hombre tiene razón, discurre, habla y dialoga, lo cual implica comunicación entre seres semejantes.