El sector manufacturero del siglo XVIII que apenas emplea un 15% del empleo y que se caracteriza por su dispersión geográfica en el territorio, son, en todo caso, pequeños centros manufactureros, talleres, con escasez de herramientas, las cuales son muy simples, muy pocos capitalizadas y extensivas en mano de obra (no son talleres con muchos obreros) sino que el peso en mano de obra es la principal base de este sector.
Hasta entonces, la actividad manufacturera no era considerada tan prestigiosa como la tierra, ni que pudiera otorgar los grandes beneficios.
Los Borbones hicieron importantes esfuerzos para promover el desarrollo de las manufacturas nacionales y aparecieron nuevas formas de organizar las actividades transformadoras. Las políticas de la segunda mitad del siglo XVIII son políticas de corte mercantilista con el exterior y en la competencia/explotación de ciertos productos.
Las ordenanzas regulaban la calidad de los productos e intenta eliminar la competencia entre los que comparten los beneficios. Regula las máquinas que se pueden usar, qué materia prima se debe utilizar, e incluso pueden disponer de un individuo que comprueba la calidad de los productos. Cualquiera no puede montar un taller donde quiera, debe tener el permiso del gremio y superar todos los obstáculos que les ponen.
Carlos III en 1770 autorizó a la Junta de Comercio a revisar las ordenanzas gremiales con el objetivo de flexibilizar las exigencias técnicas y productivas con el propósito de facilitar la introducción de innovaciones y de ampliar el margen de maniobra de los fabricantes.
Estos talleres atienden a mercados locales, los costes de transporte no lo hacen viable, aunque no quiere decir que haya manufacturas que se destinen a otros mercados en el territorio incluso con el resto del mundo. El sector textil es el dominante, sobre todo el relacionado con la lana. La construcción y las industrias alimenticias como molinos y harina también tienen cierto peso en importancia.
El sector industrial está condicionado al sector agrario, al final los productos del industrial son dirigidos al agrario, por lo que existe una estrecha relación, sus crecimientos son similares.
A finales del siglo XVIII se empieza a producir una nueva fibra que es el algodón, siendo Cataluña donde parece que se produce el origen de la industria algodonera, donde se desarrollará en el siglo XIX.
Medidas llevadas a cabo por los Borbones en su intento de promover el desarrollo de las manufacturas nacionales: se crearon empresas manufactureras estatales y mixtas, se concedieron franquicias y exenciones a algunos fabricantes, se elevó el grado de protección al sector, se fomentó y promovió la importación de técnicos extranjeros, se liberalizaron parcialmente determinados procesos productivos y se procuró la dignificación social de los oficios artesanales.
La construcción de manufacturas reales se debe a dos motivos por parte de la Corona: sustituir importaciones y colocar bajo control público a sectores estratégicos (industria militar) y a sectores en los que lo fundamental era la obtención de productos de gran calidad destinados a los grupos de rentas elevadas (tejidos de lujo, tapices, porcelanas, espejos y cristales). Casi todas las empresas manufactureras estatales o mixtas tuvieron problemas técnicos y organizativos y, sobre todo, comerciales y financieros; y su supervivencia dependía de la capacidad de la Hacienda para financiar su déficit debido a la baja competitividad y los elevados costes de estas empresas.
Las manufacturas reales, grandes fábricas con la utilización de máquinas sencillas destinada a bienes de consumo suntuario o estratégicos para la defensa con el objetivo de que la Corte deje de importar lo que consume, como artillerías y material para la guerra, o el tabaco.
Se permitieron, en algunos casos, la constitución de empresas industriales privadas privilegiadas, con algunos determinados privilegios y exenciones fiscales; eran establecimientos industriales privados de cierto relieve a los cuales la monarquía le otorgaba el título de fábrica real.
La producción textil española aumentó en el siglo XVIII, pero siguió apegada, salvo excepciones, a sus procedimientos técnicos tradicionales. Pese a la aparición y fuerte expansión de la industria algodonera en Cataluña, el lanero continuó siendo el subsector textil que más aportaba al PIB. La industria textil en Cataluña tuvo especial importancia, en el siglo XVIII aparecieron nuevas e importantes oportunidades para los fabricantes catalanes de textiles en el mercado regional, en el nacional y en el americano. Los tráficos intrarregionales de tejidos se incrementaron debido al fuerte crecimiento de la población catalana, la elevación de la renta por habitante lograda mediante un uso más intensivo de los factores tierra y trabajo, y el proceso de especialización comarcal inducido por el desarrollo vitícola. Las mayores oportunidades en el mercado español surgieron como consecuencia de la supresión de las aduanas interiores y de la expansión económica y demográfica de nuestro país durante el setecientos. Además, el crecimiento de la demanda americana y la liberalización del comercio colonial dieron más facilidades para el acceso de los productos industriales catalanes a los mercados ultramarinos.
La intervención del Estado tuvo una apreciable influencia en el desarrollo de la industria algodonera catalana, sobre todo en sus primeras fases. El Estado promovió el desarrollo de la industria algodonera mediante la concesión de franquicias, que solían incluir diversos privilegios y exenciones fiscales (a algunos de los fabricantes pioneros). Al tratarse de una industria nueva, la toma de decisiones de los fabricantes de algodón no se vio restringida por las reglamentaciones gremiales.
En este siglo también se registró una clara expansión de todo el sector siderometalúrgico: siderurgia tradicional, fundiciones militares de hierro colado, acerías, fabricación de hojalata, siderometalurgia ligera (fanderías) y transformados mecánicos.
Los crecimientos agrario y urbano, la ampliación de los medios de transporte terrestre y marítimo y los programas estatales de construcción naval elevaron la demanda de hierro de un modo apreciable. El crecimiento de la nueva siderometalurgia (hierro colado en altos hornos) se efectuó mediante la multiplicación del número de instalaciones de titularidad y de gestión estatal que trabajaban casi en exclusiva para atender la demanda militar.
La mayor parte de las actividades transformadoras seguía llevándose a cabo en modestos talleres urbanos, agremiados o independientes, y rurales. La política industrial borbónica tuvo una influencia relativamente pequeña en la evolución de este tipo mayoritario de actividades transformadoras. Pueden distinguirse, grosso modo, tres tipos de manufacturas rurales: las orientadas a satisfacer las necesidades familiares y/o locales o comarcales; las que trabajaban para mercados más amplios (y, a veces, lejanos), pero nada o apenas penetradas por el capital comercial, y las que producían para mercados extensos y mantenían un notable grado de dependencia mercantil y/o financiera con respecto a los comerciantes-fabricantes.