El concepto de nacionalismo abarca todas aquellas corrientes políticas para las que la identidad nacional constituye el valor más importante. Esta identidad nacional siempre se apoya en unos hechos, como la existencia de un territorio, de una lengua, de una cultura, pero también es una nación aquella comunidad que se considera a sí misma nación . En tiempos del absolutismo, la identidad nacional tenía una importancia política menor, porque los Estados eran dinásticos y lo que primaba era la lealtad de los súbditos al soberano. Las tendencias democráticas y liberales cambiaron la situación porque al atribuir la soberanía a la propia nación, la identidad de ésta pasó a convertirse en el fundamento de la legitimidad política.
En el caso de España, el sentimiento de identidad nacional recibió un gran impulso con la guerra contra Napoleón, que representó una lucha por la independencia española contra el dominio extranjero. El concepto de nación española entró en el derecho político con la Constitución de 1812. Pero a lo largo del siglo XIX el sentimiento de identidad nacional parece haberse desarrollado en España con menor vigor que en otros países europeos. Pudo influir el lento desarrollo de la red de comunicaciones, el lento avance de la alfabetización y la escolarización e incluso la falta de enemigos exteriores (España no había combatido contra otra potencia europea desde la derrota de Napoleón). La guerra de 1898 contra los Estados Unidos produjo un clima momentáneo de exaltación patriótica, pero la derrota contribuyó al pesimismo acerca del, futuro español y contribuyó sí al desarrollo de los nacionalismos periféricos.
Durante el periodo de la Restauración alfonsina van tomando cuerpo los diferentes movimientos regionalistas que evolucionan desde posiciones románticas hasta la defensa de opciones políticas propias que dan paso a la organización de partidos de carácter nacionalista.
El nacionalismo histórico se asienta fundamentalmente en el País Vasco y Cataluña, con poderosas burguesías que reclaman una descentralización del estado liberal mediante la recuperación de la foralidad. El fenómeno regionalista aparece también en Valencia y en Galicia.
Los orígenes del nacionalismo catalán se hallan en el movimiento de recuperación de la lengua y de la tradición cultural catalanas que se produjo a mediados del siglo XIX: La Renaixença (movimiento cultural catalanista ligado al Romanticismo reivindicador de las culturas y las lenguas populares). Como movimiento político no cobra fuerza hasta después del 98 cuando la burguesía se incorpore decididamente al movimiento nacionalista.
Prat de la Riba es quien formula la doctrina nacionalista que pretende la autonomía y el reconocimiento de la importancia de Cataluña en el Estado.
Fundamental es la aparición de la Lliga Regionalista, cuyo principal ideólogo fue de la riba, y que consiguió el triunfo en Barcelona en 1901. En adelante los partidos del turno quedaron reducidos a un papel secundario en la política catalana, a favor de la Lliga y los republicanos.
Al contrario que el nacionalismo catalán , el nacionalismo vasco ha pretendido siempre englobar a todas las regiones en las que se hablaba el euskera, las provincias vascongadas ( Álava, Guipúzcoa y Vizcaya), Navarra y algunos municipios del departamento francés de los Pirineos Atlánticos. Pero a su vez sólo la mitad , aproximadamente, de la población de estos territorios hablaba a finales del siglo XIX el euskera.
No hubo tampoco un movimiento de recuperación del euskera anterior al nacimiento vasquismo político, como ocurrió en Cataluña y Galicia.
El programa liberal implicaba la igualdad de derechos de todos los españoles y por tanto la supresión de los privilegios forales ( 1876) que estas provincias habían tenido siempre en el seno de la monarquía española y que les permitían mantener un sistema fiscal propio. El carlismo se convirtió en el máximo defensor de los fueros como parte integrante de la tradición española. Así el nacionalismo vasco nacerá en gran medida del tronco carlista.
El padre del nacionalismo vasco fue sabino arana, quien en 1895 fundó el Partido Nacionalista Vasco. Los rasgos distintivos de este nacionalismo son : la raza, las costumbres, el antiespañolismo y un profundo catolicismo. Arana se definió como “ antiliberal y antiespañol”y concebía a la nación vasca como definida por su raza y su religión . una y otra estaban en su opinión amenazadas por la inmigración de trabajadores españoles, atraídos por el desarrollo industrial de Vizcaya, que ponía en peligro la pureza racial, las viejas costumbres vascas e incluso el catolicismo. De España habían venido doctrinas perniciosas como el liberalismo y el socialismo, y sobre todo la irreligiosidad. En su opinión , los territorios vascos debían recobrar su independencia y confederarse en un estado nuevo para el que inventó un nombre, Euskadi y una bandera, la ikurriña.
Estos planteamientos radicales le costaron al PNV naciente medidas de represión, en adelante el partido se movería en una permanente ambigüedad, entre la aspiración a la independencia, a la que nunca ha renunciado, y una acción política moderada, centrada en la obtención de un régimen de autonomía.
Inicialmente limitado a Vizcaya, el PNV se fue extendiendo lentamente a las otras provincias vascas y siguió siendo la principal organización nacionalista vasca.
Tras unos débiles comienzos, el movimiento obrero había empezado a consolidarse durante el Sexenio Democrático. Los discípulos de Bakunin habían propagado los principios del anarquismo, y hacia 1871 se había constituido la sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores, de la que pronto se escindió un minoritario sector marxista. Con la Restauración, el movimiento obrero vio nuevamente prohibida su actividad y hubo de pasar a la clandestinidad. La sección española de la AlT modificó entonces su estructura, creando nueve comarcas notablemente autónomas y suprimiendo los congresos generales, con lo que la dirección central quedó en manos de una Comisión Federal.
Mientras tanto, el minoritario sector marxista, creaba sus primeras organizaciones. En Madrid tenía como base fundamental la Asociación del Arte de Imprimir, en la que destacaban un grupo de tipógrafos como el gallego Pablo Iglesias. En Barcelona, feudo anarquista, los marxistas controlaban el Centro Federativo de Sociedades Obreras. Como era de esperar, el núcleo madrileño se desarrolló mucho más que el catalán y, aunque mantuvo una línea de actividad sindical, se decidió pronto por la acción política. En 1879 se creó el Partido Socialista Obrero Español, cuyo primer secretario general fue Pablo Iglesias. El PSOE poseía un programa que defendía la conquista del poder político por el proletariado, la socialización de la propiedad privada y la abolición de las clases.
La apertura traída por el primer Gobierno Sagasta facilitó que, en 1881, los anarquistas constituyeran en Barcelona la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE). Con unos 58.000 afiliados y especial implantación entre los obreros industriales de Cataluña y, sobre todo, entre los braceros del campo andaluz, en la FTRE se desarrollaron dos tendencias: la de quienes defendían la prioridad de la organización sindical como medio de ejercer la lucha de clases y de lograr conquistas fundamentales para los trabajadores, y la de quienes, desde el credo anarquista, buscaban en la insurrección popular y en la práctica de un terrorismo selectivo la destrucción del Estado burgués y el establecimiento de la sociedad libertaria.
Esta diferente manera de encarar la lucha de clases generaba tensiones en el seno de la Federación y la convertía en chivo expiatorio de los conflictos sociales. Cuando, a partir del verano de 1882, una crisis de subsistencias provocó desórdenes y asesinatos en el campo andaluz, las autoridades denunciaron como impulsora a una organización se creta de carácter anarquista, la Mano Negra. Numerosos sindicalistas fueron detenidos y ocho de ellos condenados a muerte. Aunque esta sociedad no tenía vinculación con la ETRE, fue ésta la que sufrió las consecuencias, que la devolvieron prácticamente a la clandestinidad. El anarquismo era un movimiento que sembraba el miedo entre las clases acomodadas y que los responsables políticos utilizaban para justificar la represión de lo que muchas veces no eran sino protestas impulsadas por la miseria y el hambre.
A partir de la Ley de Asociaciones, promovida por el Gobierno liberal en 1887, el movimiento obrero pudo salir de su virtual clandestinidad. En agosto de 1888, los sindicatos marxistas se federaron en una Unión General de Trabajadores (UGT), que en adelante trabajaría en estrecha relación con el Partido Socialista. El socialismo era todavía muy débil: en las elecciones de 1891 —las primeras del sufragio universal— sus candidatos obtuvieron unos 5.000 votos en toda España y habría que esperar a 1910
para que el primer diputado del PSOE se sen tara en las Cortes. Ello obedecía, en parte, a la competencia con el movimiento anarquista, pero también a la definición del PSOE y la UGT como organizaciones proletarias de fines revolucionarios, contrarias a cualquier colaboración con la burguesía liberal o republicana. En la práctica, sin embargo, los socialistas mantendrían actitudes reformistas en muchas de sus reivindicaciones, como la jornada laboral de ocho horas, e incluso participaron en la Comisión de Reformas Sociales, creada a iniciativa del Gobierno liberal, en 1883, y que buscaba orientar la acción del Estado en torno a medidas concretas que mejoraran la condición de las clases trabajadoras.
Otra era la vía que seguía el sindicalismo anarquista, donde los partidarios de la lucha sindical perdían terreno ante los que preferían la «acción directa». A consecuencia de estas tensiones, en 1888 se autodisolvió la Federación de Trabajadores de la Región Española. El anarquismo entró en una etapa marcada, por una lado, por el desarrollo de su vertiente teórica y, por otro, por la ruidosa actuación de una línea propiamente terrorista cuyos activistas, en busca de la «propaganda por el hecho», actuaban en pequeñas células, o en solitario, y cometían atentados contra personalidades públicas, como Cánovas o el general Martínez Campos, contra empresarios y contra las manifestaciones que consideraban propias de la burguesía, como sucedió en los sangrien tos atentados con bomba en el Teatro del Liceo de Barcelona (1893) o en la procesión del Corpus de 1896, también la Ciudad Condal. Es tas acciones, lejos de debilitar al Estado o a la sociedad burguesa, facilitaron la cohesión del empresariado y justificaron medidas de gran dureza represiva, como la Ley Antiterrorista de 1894. De este modo, el anarquismo veía cerrarse las vías de legales de actuación sindical, lo que redundaría a medio plazo en beneficio del socialismo marxista, cuyo talante más moderado y dialogante hacía menos evidente ante la burguesía su programa revolucionario.