El balance demográfico del siglo XVIII fue más favorable que el del XVII. La población española aumentó desde unos 7,7 millones hacia 1700 hasta unos 11 millones hacia 1800 con un crecimiento del 0,36 por 100, tasa algo inferior a la media de la población europea.
Conviene tener en cuenta los siguientes aspectos a la hora de valorar el crecimiento de los efectivos humanos:
1) España tenía una densidad de población baja de unos 15,4 habitantes por km2 hacia 1700 frente a 43,2 en Italia, 40 en Francia o 21,6 en Portugal.
2) El balance demográfico del seiscientos había sido relativamente negativo para España.
3) La expansión demográfica del siglo XVIII hay que calificarlo como modesto en comparación con el producido en el siglo XIX.
Las densidades de población de partida, el margen para extender las labores y las posibilidades de sustituir los cereales tradicionales por otros cultivos más rentables o con mayores aportaciones calóricas por unidad de superficie (como maíz o papa), de intensificar los cultivos mediante la ampliación de los regadíos y de participar en los tráficos exteriores son algunos de los factores que explican los contrastes en la magnitud del crecimiento de la población en las distintas regiones españolas.
Respecto al grado de urbanización, apenas hubo avances entre finales de XVI y XVIII. Los datos demográficos apuntan a que el crecimiento económico español del setecientos tuvo un carácter marcadamente rural en la mayor parte del territorio. No obstante, Madrid, por la concentración de rentas y por su alto nivel de consumo de bienes y servicios, y algunas ciudades del litoral, por la magnitud de sus flujos mercantiles, generaron importantes estímulos sobre las actividades productivas de sus respectivas áreas de influencia.
El crecimiento demográfico del setecientos fue consecuencia, ante todo, de una elevación de la natalidad debido a una cierta mejora de la situación económica. La tasa de mortalidad siguió siendo bastante alta en la mayor parte del país.
La alta tasa de mortalidad natural, principalmente se debe a problemas relacionados con el aparato digestivo, condiciones de las ciudades. Otro factor interesante, es la alta tasa de mortalidad femenina superior a la masculina, debido a complicaciones en los partos y en el periodo posterior por infecciones, nutrición, etc. La incidencia de la mortalidad catastrófica (epidemias, guerras, …).
La peste desapareció, pero se agudizaron la extensión y la gravedad de otras enfermedades epidémicas como la viruela, el paludismo o la fiebre amarilla.
A escala nacional, el movimiento de la población continuó dependiendo mucho más de los saldos vegetativos que de los movimientos migratorios. En el siglo XVIII la emigración definitiva a América fue reducida, en cambio, las migraciones internas si tuvieron importancia aunque dicha movilidad interna fue limitada, y fueron en parte responsables de los diferenciales regionales en el crecimiento de la población y del mayor tamaño de bastantes ciudades.
Crecimiento de la periferia peninsular frente a estancamiento del interior. En el interior encontramos altas tasas de mortalidad y natalidad mientras en la periferia un modelo como en el mediterráneo donde las tasas de natalidad y mortalidad empiezan a disminuir relacionados con factores económico pero también culturales y climatológicos (temperatura) proporcionando cierta modernización. Ejemplo: Canarias siempre ha tenido un tasa de natalidad superior debido al clima y a las temperaturas.