Los beneficios que daban lugar a la recuperación de los capitales por parte de los inversores extranjeros fueron lastrados por la depreciación de la peseta.
Los servicios públicos de red (ferrocarriles, teléfonos, petróleo) se desarrollaron notablemente. El ferrocarril seguía siendo el único medio capaz de movilizar grandes volúmenes de mercancías y pasajeros; la carretera y el automóvil constituían una competencia creciente (como muestra el avance de la matriculación de vehículos), pero todavía no se habían generalizado en España antes de 1936.
Durante la primera guerra mundial, los ferrocarriles sufrieron una grave crisis y las compañías reclamaron ayudas, que los gobiernos no tardaron en conceder, aumentando las tarifas en 1928, y librándoles anticipos reintegrables (desde 1920) para adquirir material rodante y mejorar los salarios.
Hasta la guerra civil no se planteó la nacionalización de las redes por el Estado. Después de la segunda guerra, el Estado nacionaliza este sector, RENFE, expulsando a las empresas y capitales extranjeros.
El incremento de la demanda de transporte, las subvenciones públicas y la aplicación del Estatuto Ferroviario garantizaron beneficios a las concesionarias durante los años veinte. El cambio de política ferroviario desde 1930 y la crisis económica llevaron a las compañías a una situación difícil.
La aparición del automóvil conlleva la construcción de una red de carretera o, mejor dicho, de caminos (de tierra, pero apta para vehículos de tracción animal y automóviles), esto es una alternativa al ferrocarril. En primer lugar, se debe a una demanda privada y de lujo, pero mejorará el transporte por las obras de caminos y carreteras.
Con financiación especial por medio de tributos por parte de los conductores, aquellos que poseen vehículos, como el rodaje. Novedad de este impuesto de carretera en las islas, Tenerife y Gran Canaria, que no funcionó, en principio, en la península.
Los otros transportes, el marítimo, unas de las primeras flotas en modernizarse en los años 20 fue la española, con petróleo. Los beneficios que la flota española obtuvo durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial fue un elemento que impulsó esta modernización, los beneficios de la neutralidad ocupando el vacío que dejaban las potencias que estaban en conflicto en ese momento.
Se produce la aparición de un nuevo sector, la aeronáutica, 1919, aparecen para el servicio postal a disposición del sector público, poco después, los pasajeros se convertirán en un elemento fundamental con la construcción de pequeñas empresas como Iberia en ese tiempo que nace por la iniciativa privada.
Otro sector de interés, relacionada con las comunicaciones, son el avance como el telégrafo por cable y luego por radio dando lugar a la telefonía, llegando a España en 1877 pero de forma experimental, en 1924 comienzan a desarrollar las redes telefónicas, con un desarrollo lento debido a un baja nivel de renta per cápita y a la baja inversión por los primeros que se interesaban por este sector extendiendo la red de forma local, como en Tenerife impulsada por el cabildo insular.
La dictadura de Primo de Rivera estableció en 1924 el monopolio de teléfonos, y su gestión fue cedida a la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE), sociedad privada cuyo principal accionista era la ITT norteamericana. El nacionalismo económico de la Dictadura sólo se plasmó en el nombre de una compañía con mayoría de capital extranjero.
No obstante, financieros españoles, con el apoyo de la ITT, crearon Standard Eléctrica, que suministró a Telefónica equipos, aparatos y cables fabricados en España.
La política nacionalista sí fue efectiva en 1928, cuando se creó el monopolio de petróleos en España, cuya gestión se arrendó a la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos SA (CAMPSA), creada y participada por los principales bancos del país.