A principios del XIX el ahorro interno era escaso, debido principalmente a un sector agrario débil de baja productividad y por tanto bajo ahorro-inversión.
Los niveles de productividad más bajo están en el sector de los cereales que, además, a pesar de ser dominante, sigue siendo un sector con escasa productividad, crece más lento que la superficie cultivada, por eso es un sector que no puede competir internacionalmente. Los sectores más competitivo fueron aquellos que se diferenciaron del resto como la viticultura y el olivar.
Las exportaciones de capital en la minería no alcanzaron dimensiones apreciables hasta después de 1868. En años anteriores, los yacimientos asturianos de hulla atrajeron algunas empresas extranjeras. El sector minero posibilitó la explotación a gran escala, de los ricos yacimientos plúmbicos, cupríferos y férricos con los que contaba España. La producción de plomo, piritas de cobre y de mineral de hierro se exportó en su mayor parte, igual que los beneficios obtenidos por las grandes compañías mineras de capital extranjero.
Otro aspecto que no favoreció fueron los movimientos migratorios, tanto exteriores como interiores, fueron poco importantes. Entre 1860 y 1880 salieron hacia América unas 325.000 personas, pero la tasa de retorno fue muy elevada; en algunos períodos se registraron saldos migratorios positivos. Los movimientos internos fueron esencialmente intrarregionales, con la única excepción de Madrid, que recibió un flujo moderado de inmigrantes de las regiones vecinas. En conjunto, la distribución territorial de la población varió poco en estos años. Los españoles siguieron viviendo esencialmente en núcleos rurales. Hacia 1860 sólo un 22,5 por 100 de la población habitaba en municipios de más de 5.000 habitantes, el grado de densidad de la población con el grado de urbanización afectó también, a este proceso de modernización.