Desde la última década del XIX tomó cuerpo un nuevo ciclo de industrialización en el mundo, desencadenado por las innovaciones en los sectores químicos, farmacéuticos, eléctrico y automovilístico, y por los procesos de producción a escala.
Las industrias de esta segunda revolución industrial se caracterizaban por el elevado contenido científico de su tecnología y eran mucho más exigentes en conocimiento, mayor inversión en capital humano, en educación, en I+D+i; lo que colocaba en mala posición a las poblaciones pobres e ignorantes de la Europa del Sur.
España no tenía las mejoras condiciones para participar en esa segunda industrialización. Por un lado, la dotación de capital humano era escasa, tanto en términos de educación básica de la población, como en formación de técnicos y científicos y aun en iniciativa y capacidad empresarial.
Por otro lado, los recursos energéticos estratégicos en la nueva fase de crecimiento de la economía mundial eran mediocres y muy caros como el caso del carbón o inexistentes como el caso del petróleo.
Finalmente, tampoco se llevó a cabo por parte del gobierno políticas intensivas industriales.
Los petróleos, empezarán a sustituir a los carbones y la aparición de la energía, adquieren un carácter estratégico en el desarrollo de las naciones.
España comenzó pronto el proceso de industrialización en algunas zonas, pero después progresó muy lentamente en todo el país dando como resultado, a comienzos del siglo XX, una estructura industrial bastante completa pero débil y desequilibrada espacialmente.
En el sector energético, la extracción de hulla y antracita, aunque se multiplicó en las cuencas de Asturias y León con el apoyo de las medidas proteccionistas, la demanda interna fue muy superior y obligó a importar mayores cantidades de Gran Bretaña.
El abastecimiento de petróleo dependía del exterior. La balanza energética fue deficitaria en algo más de la mitad del consumo interior. Esto implicaba un doble freno, por un lado, suponía costes energéticos superiores a los de la mayoría de los países del continente y, por otro lado, obligaba a aplicar una parte sustancial de las divisas disponibles a la importación de inputs energéticos y, por tanto, a desviarlas de otras utilizaciones como las compras de materias primas y bienes de equipo.
También explica la relativa especialización de la industria en producciones poco intensivas en energía; es decir, en la industria ligera. La reducción de la dependencia energética exterior y de los costes de la industria sólo fue posible con la electricidad.
La minería metálica. La extracción de minerales metálicos constituyó una industria importante entre 1882 y 1913, salvo un corto período de desaceleración, que coincidió con las guerras coloniales. Estas industrias extractivas fueron uno de los pilares de la exportación y, por tanto, de la capacidad de importar de la economía española.
Las industrias básicas. El producto de las industrias básicas creció algo más que el conjunto del sector, a causa del arranque de sus ramas principales. En la siderurgia, la abundancia, los reducidos costes de extracción y la elevada riqueza metálica del mineral de hierro de Vizcaya favorecieron la localización del que pasó a ser el principal centro siderúrgico del país.
La siderurgia vasca empleó carbón británico, de superior calidad y menor precio que el asturiano, gracias a los bajos fletes de los retornos de buques mineraleros a Gran Bretaña.
El crecimiento de la siderurgia desde finales del siglo XIX se debió, fundamentalmente, al incremento de la demanda debido a la política protectora y a la expansión de la metalurgia y las construcciones mecánicas, así como a la fabricación de material de transporte y eléctrico.
La industria química moderna comenzó su andadura en España a finales del siglo XIX. Su característica más visible fue la diversidad de procedimientos y producciones, desde ácidos y sales minerales hasta productos farmacéuticos.
La industria de bienes de consumo. La más desarrollada era la textil, destacando el subsector algodonero y el lanero. En la víspera de la primera guerra mundial, la industria algodonera española era la quinta más importante de Europa por su producción y la séptima por sus exportaciones.
Se adoptaron nuevas tecnologías como hiladoras continuas, telares mecánicos y, en el género de punto, telares redondos y rectilíneos de fronturas o cottons.
El subsector algodonero llevó a cabo profundos cambios, racionalizando los procesos de producción, mejorando la estructura de costes, invirtiendo en nuevos equipos y tecnología u buscando adecuar la producción de forma flexible a los cambios en la demanda.
También la industria agroalimentaria se desarrolló apreciablemente. Surgieron nuevas industrias de la alimentación. Fábricas de azúcar de remolacha, industriales de queso, mantequilla y leche condensada y en polvo, conservas de pescado, industria naranjera y hortofrutícola, etc.
Los cambios del sector agrario y el aumento de la demanda externa, sobre todo británica, alimentaron la industria de conservas vegetales, en particular frutas y hortalizas. Con su correspondiente desarrollo de fábricas de envases de madera y de metal.
Respecto al sector servicios. Las ramas que alcanzaron mayores tasas de crecimiento, y también transformaciones estructurales significativas, fueron transportes y comunicaciones y crédito. En el ámbito de los transportes y comunicaciones, se completaron las redes existentes y se registraron grandes innovaciones, aunque con muy modesto desarrollo, entre las que destacaban el empleo de vehículos a motor de combustión interna que permitirán el desarrollo de automóviles, tranvías urbanos o la aeronáutica y el teléfono.
En lo que respecta al sistema financiero, más allá del nacimiento de un grupo de nuevas instituciones de crédito, lo más destacable fue el acercamiento entre la banca privada y las grandes empresas industriales, especialmente en el caso de los sectores nuevos.
Otro cambio en el sistema de las patentes, que se convierten en propiedad de grandes organizaciones y no de los individuos, serán una herramienta por parte de las empresas para eliminar la competencia, se empiezan a desarrollar políticas de carácter defensivo por parte de las propias corporaciones para evitar que otros desarrollen técnicas que superen su tecnología.
Los rasgos que definen este ciclo, se desarrollan las economías corporativas, de las grandes empresas, de la producción en cadena apareciendo nuevos métodos de organización empresarial haciendo un uso más eficiente de los recursos, prosperará las sociedades anónimas en detrimento de las sociedades limitadas o personalistas.
A finales del siglo XIX, en la mayor parte de los países se habían creado leyes para permitir el formato de sociedad anónima sin obstáculos legislativos. Se desarrollan nuevas formas de financiación por medio de bolsas de valores, en las que ahora cotizarán no sólo empresas ferroviarias sino valores de empresas industriales.
Las necesidades de recursos ajenos permitirán el desarrollo de otras entidades por lo que veremos un desarrollo del sector bancario, y el consiguiente desarrollo de la banca mixta.
La primera globalización significó una mayor integración de los mercados y no solo de los trabajadores sino de capitales también, que contará con un alto nivel de integración, las tecnologías de comunicaciones y transporte permitirán una mayor y mejor circulación de las divisas y del oro, así como la reducción de fletes y otros transportes, eliminarán también el riesgo entre préstamos internacionales.
España, conocerá también algunos beneficios y desventajas de este proceso de globalización. Los frenos, serán la limitada dotación de capital humano aún con los esfuerzos anteriores de alfabetización. Los recursos energéticos, si con la primera revolución industrial se centró en el alto precio del carbón y su rendimiento, ahora será los intentos de búsqueda recursos petrolíferos.
España, contará con una ley que permitía la creación de sociedades anónimas, sin embargo, nuestra estructura en tejido empresarial será de pequeñas empresas y sobre todo bienes de consumo, las sociedades de responsabilidad limitada intentarán afrontar proyectos de mayor envergadura.
Un freno a la expansión en este periodo, es la exclusión del patrón oro. España nunca se atrevió a integrarse en el patrón oro, dejándola fuera de los grandes flujos de capital provocando que Gran Bretaña, Francia y Alemania desviaran su atención hacia América, Rusia o Australia. No significa que no fluyera capital extranjero a España, que, si lo hubo, pero estos flujos hubieran sido mayores.
El último a tener en cuenta es el tamaño de mercado, aunque ha habido crecimiento demográfico y un crecimiento de la renta media de la población, el tamaño del mercado en términos relativos sigue siendo pequeño.